Es muy reconfortante cuando un nuevo cliente acude al salón y pone en tu saber profesional un cambio de estilo.
Cambiar de estilo implica un gran riesgo y una responsabilidad. Para algunas personas supone un divertimento en su vida, una renovación de su aspecto que le otorgue ilusión y confianza. Para otras en cambio resulta un trance como poco dubitativo, difícil de encajar cuando se miran en el espejo y se ven diferentes. Unas buscan emoción salir de la monotonía, otras confianza en sí mismas, motivación para salvar una barrera personal.
En cualquier caso siempre es un reto para el profesional encargado de realizar dicho cambio, en el que debe sopesar no sólo la tendencia de moda del momento, sino sobre todo el aspecto físico y emocional , así como la psicología del cliente o las necesidades para su forma de vida.
Con los años un profesional de la peluquería adquiere ese rápido sentido del análisis que le permite, tras un breve diálogo y una observación juiciosa decidir las líneas maestras del reto que le han propuesto.
Por eso, cuando al final del trabajo, o a la vuelta de unas semanas, el cliente sonríe y te comenta: “Todos me han encontrado guapísima” y quizá es acompañado por otro nuevo cliente ilusionado por tu fama, todo adquiere su verdadero sentido. Esa es la verdadera recompensa.

